miércoles, 27 de marzo de 2013

El calvario del río Gállego, mártir de la mala gestión del agua


Hoy la Sociedad Española de Ornitología ha publicado un excelente y sintético artículo sobre la problemática del río Gállego.
http://www.seo.org/2013/03/27/el-calvario-del-rio-gallego-martir-de-la-mala-la-gestion-del-agua/
Y hoy he disfrutado del curso bajo del Gállego en una excursión con el Centro de Formación Río Gállego. Este tramo se mantiene muy vivo gracias a la crecida de octubre de 2012, que dinamizó y rejuveneció sus procesos hidrogeomorfológicos y ecológicos. Algo tenemos que hacer por salvar este valioso sistema fluvial tan dañado desde su cabecera y tan amenazado por proyectos como Biscarrués o Almudévar, pero que todavía hoy nos aporta tantos valores ambientales a los habitantes de Aragón.

jueves, 14 de marzo de 2013

Mularroya y el impacto ambiental

Esta semana el Tribunal Supremo ratificó íntegramente la sentencia de la Audiencia Nacional que anula el proyecto y la Declaración de Impacto Ambiental del embalse de Mularroya. Se ubica en la provincia de Zaragoza, la presa y el embalse afectan al río Grío y el agua se derivaría desde el río Jalón.
Está claro que los impactos que provocaría este embalse son irreversibles sobre zonas protegidas de Red Natura 2000, de ahí la sentencia que anula el proyecto. Y esto sin tener en cuenta los gravísimos impactos geomorfológicos en el río Grío, mucho menos valorados en el estudio de impacto ambiental.
Lamentablemente hace años que se iniciaron las obras y la propia presa, que está a medias, de manera que los daños en el cauce del río Grío son ya enormes. Aquí se ha cometido, por tanto, un grave error y un enorme despilfarro de dinero público. ¿Cómo se inician unas obras cuando el EIA señala impactos irreversibles y con una DIA sometida a un proceso judicial?
Lo más curioso del caso es que todos los partidos políticos con representación en Aragón están a favor del proyecto y se llevan las manos a la cabeza porque uno de los pocos embalses que cuentan con consenso político no se pueda realizar. Para nada les preocupa el hecho (innegociable políticamente) de que hay unos impactos ambientales que impiden el proyecto. Una vez más se desprecia todo el procedimiento de evaluación de impacto ambiental. Y claro, en consonancia con esta posición política, la Confederación Hidrográfica del Ebro, lejos de descartar el pantano y restaurar todo lo que se ha estropeado ya con las obras, anuncia que va a redactar urgentemente un nuevo proyecto que pueda superar con rapidez una nueva declaración de impacto ambiental.
¿Qué les cuento a mis estudiantes en las clases sobre la evaluación de impacto ambiental? ¿Que todo es una gran mentira? ¿Que los políticos y gestores quieren declaraciones de impacto a la carta y a su gusto para poder ejecutar sí o sí ciertos proyectos? ¿Que si una vez sale mal se hace una segunda vez y las que haga falta? Los espacios naturales dañados están ahí y van a seguir estando ahí. La presa, aunque la hicieran con los métodos más avanzados y respetuosos va a destrozar dos ríos. Por favor, un respeto por el procedimiento de evaluación de impacto ambiental, que afortunadamente existe, es obligatorio, debe ser serio y científico y, les guste o no a los políticos del consenso, debe ser vinculante.

viernes, 25 de enero de 2013

 

Una demanda recurrente

Cada vez que asistimos a la crecida de un río emergen las voces de los habitantes ribereños −alcaldes, agricultores y cualquier persona de la calle− reclamando la “limpieza” del cauce y asegurando, además sin ningún género de duda por su parte, que la inundación está siendo grave “por culpa de que el río no está limpio”.

Esta interpretación popular de los hechos, tan errónea como abrumadoramente unánime, resulta muy llamativa y se manifiesta en ríos grandes y pequeños y en cualquier rincón de la Península. Los medios de comunicación, además, no la ponen en duda, y constituyen un altavoz permanente de esta demanda.

La idea de que “hay que limpiar el río” está, por tanto, profundamente enraizada. Quizás provenga de esa mentalidad ancestral de tantas labores de manejo tradicionales, como eliminar la maleza y mantener “limpios” los bosques para que no se quemen. Quizás sea porque en el pasado los cauces se “limpiaban” con frecuencia y sin contemplaciones, sabiendo que no servía de nada, a modo de “actuación placebo”, pero se hacía para mantener callado y agradecido al personal y para ganar votos. En una encuesta reciente en Francia solo los mayores de 65 años siguen planteando esta medida para luchar contra las inundaciones (“es algo simbólico, la tradición, aunque no sea efectivo”). Quizás sea porque en España aún se sigue haciendo cuando se puede, es decir, cuando se pueden evitar o regatear las normativas ambientales. Así, los gestores públicos se acogen a los procedimientos de emergencia (sinónimo de ausencia de control ambiental) tras cada crecida para meter las máquinas “limpiadoras” en el río. Quizás sea que hay intereses económicos en estas prácticas, dinero público disponible para ello y fuerte presión desde las empresas del sector a los organismos de gestión. Quizás sea también porque es difícil para los afectados convivir con las inundaciones y se aferran al recurso de pedir, que es gratis, y si la “limpieza” se aprueba saben que no les va a costar un euro.

Sea cual sea la causa, no hay crecida en la que no se demande la “limpieza del río”, incluso con mayor intensidad que otras típicas frases recurrentes como “si no fuera por los embalses esto habría sido una catástrofe”, “qué pena, cuánta agua se va a perder en el mar” o “vamos a eludir las trabas ambientales para ayudaros”, pronunciadas sin rubor por políticos y gestores de turno.

El tinglado está montado así. Y, desde luego, las aseveraciones de los científicos contra estas malas prácticas poco o nada se tienen en cuenta.

¿En qué consiste realmente limpiar un río?

Habría que poner siempre “limpiar” entre comillas, porque es una expresión inexacta aunque sea tan tradicional. Realmente limpiar es eliminar lo que está sucio, por lo que en este caso este verbo debería restringirse a eliminar la basura (residuos de procedencia humana) que pueda haber en los ríos.

Pero cuando se pide ”limpiar un río” no se pretende liberarlo de basuras, sino eliminar sedimentos, vegetación viva y madera muerta, es decir, elementos naturales del propio río. Se demanda, en definitiva, agrandar la sección del cauce y reducir su rugosidad para que el agua circule en mayor volumen sin desbordarse y a mayor velocidad. Este es uno de los objetivos de la ingeniería tradicional, por lo que hay abundante teoría y experiencia al respecto, y se basa en una visión del río muy primaria y obsoleta, simplemente como conducto y como enemigo, en absoluto se contempla como el sistema natural diverso y complejo que realmente es.

Técnicamente, por tanto, “limpiar” es intentar aumentar la sección de desagüe y suavizar sus paredes o perímetro mojado, es decir, dragar y arrancar la vegetación. Y para ello se destruye el cauce, porque se modifica su morfología construida por el propio río, se rompe el equilibrio hidromorfológico longitudinal, transversal y vertical, se eliminan sedimentos, que constituyen un elemento clave del ecosistema fluvial, se elimina vegetación viva, que está ejerciendo unas funciones de regulación en el funcionamiento del río, se extrae madera muerta, que también tiene una función fundamental en los procesos geomorfológicos y ecológicos, y se aniquilan muchos seres vivos, directamente o al destruir sus hábitats. En definitiva, el río sufre un daño enorme, denunciable de acuerdo con diferentes directivas europeas y legislación estatal.

Estas prácticas se realizan con maquinaria pesada, sin vigilancia ambiental, sin información pública y sin procedimiento de impacto ambiental. En nuestro país siguen siendo muy generalizadas y constituyen una de las principales causas de deterioro de nuestros valiosos ecosistemas fluviales. Por poner un ejemplo, en 2005 −época de “vacas gordas”−, se “limpiaron”, es decir, se destruyeron salvajemente, 150 km de cauces solo en la pequeña cuenca del río Arba (provincia de Zaragoza), invirtiendo mucho dinero para el que en aquel momento no supieron encontrar un mejor destino. Hoy algunos de esos cauces masacrados no han podido recuperarse todavía, pero otros sí lo han hecho, presentando de nuevo un aspecto afortunadamente bastante natural, por lo que si ahora hubiera dinero podrían ser objeto de una nueva e inútil actuación de “limpieza”.
 

Una acción inútil y contraproducente

Los daños geomorfológicos y ecológicos provocados por las “limpiezas” fluviales son enormes y justifican por sí mismos que estas prácticas deberían estar radicalmente prohibidas. Pero es que, además, son acciones que en nada benefician al medio socioeconómico, a aquéllos que las demandan.

En primer lugar las “limpiezas” son inútiles, ya que en el siguiente episodio de aguas altas o de crecida el río volverá a acumular materiales en las mismas zonas “limpiadas”, recuperando en buena medida una morfología muy próxima a la original. Si se draga el cauce, en las primeras horas de la siguiente crecida sedimentos movilizados rellenarán los huecos. Si solo se piensa a corto plazo, a unos meses vista, sí puede que se haya ganado una poca capacidad de desagüe. Pensemos que en grandes ríos eliminar una capa de gravas de su lecho aumenta mínimamente la sección de la corriente desbordada, es un efecto despreciable. En el río Ebro, si se dragara rebajando 1 metro el fondo del lecho en el cauce menor, para una crecida de 2.000 m3/s y teniendo en cuenta el campo de velocidades, tan solo bajaría el nivel de la corriente unos 8 centímetros en la misma sección dragada. A medio y largo plazo la inversión no habrá valido la pena y si se quiere mantener dicha capacidad de desagüe habrá que seguir “limpiando” una y otra vez. Tras la pequeña crecida de 2010 se dragó el Ebro en varios puntos (126.000 m3) y hoy durante la crecida del Ebro de enero de 2013 se está pidiendo insistentemente que se vuelvan a dragar los mismos puntos. “Limpiar” el río es tirar el dinero, es un despilfarro que no puede admitirse en estos tiempos. Y no cabe ya ninguna duda de que dragar cauces y arreglar las defensas tras cada crecida cuesta más dinero que indemnizar las pérdidas agrarias.
 

En segundo lugar las “limpiezas” son contraproducentes, ya que pueden provocar numerosos efectos secundarios muy negativos. Los solicitantes van cada vez más lejos y llegan a demandar “limpiezas integrales” de ríos enteros para evitar cualquier inundación, dragados profundos del cauce en toda regla. Los efectos, tanto si se ejecutaran estos dragados como si se practicaran “limpiezas” locales repetidas sobre un mismo tramo, serían rápidos e implacables: erosión remontante, incisión o encajamiento del lecho, irregularización de los fondos, descenso del freático (con graves consecuencias sobre la vegetación y sobre el abastecimiento desde pozos), descalzamiento de puentes, escolleras y otras estructuras, muy probables colapsos si el sustrato presenta simas bajo la capa aluvial, etc. En suma, los daños pueden ser mucho más costosos que los bienes que se trataba de defender con la “limpieza”.


La falsa percepción de que el cauce se eleva

En algunos tramos fluviales se demandan “limpiezas” porque consideran que está elevándose el cauce. Generalmente esos procesos de acreción o elevación del lecho por acumulación sedimentaria no son ciertos. Sí pueden crecer en altura algunas barras sedimentarias, que se consolidan con la colonización vegetal. Pero son crecimientos locales que el río compensa en la propia sección transversal, es decir, si crece una barra (adosada a la orilla o en forma de isla) la corriente se hace paso profundizando en el lecho al lado de la barra, con lo que la capacidad de desagüe sigue siendo la misma.

En ríos de llanura los ribereños afirman, para justificar las demandas de “limpieza”, que con crecidas pequeñas cada vez se inundan más campos. Esto no se debe a la supuesta elevación del cauce, sino al hecho, constatado por ejemplo en el curso medio del Ebro, de que se inundan terrenos muy alejados del cauce por la presión del agua desde el freático. Esto es causado por contar con defensas en ambas márgenes que comprimen el flujo y lo inyectan con fuerza a las capas subterráneas, de manera que la crecida se expande antes hacia los laterales bajo el suelo que en superficie. Este proceso es más intenso cuanto más lenta sea la crecida y encontramos aquí uno de los múltiples problemas generados por la regulación. En los grandes ríos se juega ahora tanto con la gestión de los embalses de sus subcuencas que se deforman totalmente las crecidas naturales, de manera que para evitar que coincidan las puntas de cada afluente se termina generando una crecida con la menor punta posible (para evitar daños en poblaciones) pero, en consecuencia, muy larga en el tiempo, tardando varios días en pasar esos caudales, lo cual es mucho más perjudicial para la agricultura. Pues bien, estas crecidas tan lentas recargan los acuíferos aluviales con gran eficacia, generando estas cada vez más frecuentes inundaciones freáticas de amplias extensiones.

Por la misma causa antrópica, en casos puntuales y muy locales, y siempre en tramos regulados y defendidos, el cauce sí puede crecer ligeramente por acumulación de materiales. Se debe a que se ha constreñido el río con las defensas y a que la regulación de caudales impide la correcta movilidad y transporte de los sedimentos. Hay que reflexionar, por tanto: si se quieren mantener los actuales sistemas de defensa con diques longitudinales habrá que aceptar ciertas consecuencias, como que la carga sedimentaria no pueda expandirse en la llanura de inundación y se mantenga dentro del cauce. Y si se quiere tener embalses reguladores, cada vez más y mayores, habrá que aceptar la abundante vegetación que favorecen en los cauces aguas abajo. En suma, si hubiera más crecidas naturales la vegetación crecería menos y los sedimentos se clasificarían mejor, y si retiráramos las motas se distribuirían más los sedimentos lateralmente. Pero la propia invasión humana del espacio del río y el empeño por regular y controlar los caudales han sido las causas de que los cauces estén en permanente ajuste frente a los impactos que sufren y presenten unas características que hoy se consideran negativas cuando llegan los procesos de inundación.

La limpieza la hace el río

Y es que son precisamente las crecidas fluviales los mecanismos que tiene el río para “limpiar” periódicamente su propio cauce. Y el río lo hace bien, mucho mejor que nosotros, tiene centenares de miles de años de experiencia. El sistema fluvial es un sistema de transporte y de regulación. El cauce sirve para transportar agua, sedimentos y seres vivos, y con su propia morfología diseñada por sí mismo, y con la ayuda de la vegetación de ribera, es capaz de auto-regular sus excesos, sus crecidas. Este sistema natural es mucho mejor y más eficiente que el que hemos creado con los embalses y las defensas. Deberíamos intentar imitarlo dando mayor espacio al río y regulándolo menos, dejándole cuantas más crecidas mejor. Todo lo contrario de lo que se está haciendo con la chapuza de las “limpiezas”.

Las crecidas distribuyen y clasifican los sedimentos y ordenan la vegetación, la colocan en bandas. Esto sí que es realmente limpiar, renovar el cauce. También lo limpian de especies invasoras y de poblaciones excesivas de determinadas especies, como las algas que han proliferado en los últimos años en tantos cauces. Cuantas más crecidas disfruten, mejor estarán nuestros ríos.

Sí que podemos ayudar al río en sus labores de limpieza, simplemente retirando basuras del cauce residuo por residuo, manualmente, sin emplear maquinaria, o bien retirar madera muerta de puentes o represas donde haya quedado retenida y pueda incrementar el riesgo, reubicando esa madera en el interior de bosques de ribera para que siga cumpliendo su función en el ecosistema fluvial. Estas sí serían buenas prácticas de limpieza y mantenimiento.


Vamos a ver si por fin se entra en razón, se dejan de demandar “limpiezas”, se piensa un poco más en cómo funciona un río y en qué se puede hacer para gestionarlo mejor, y se buscan soluciones civilizadas frente a las inundaciones, soluciones no de fuerza contra el río, sino de ordenación del territorio, como indica la directiva europea de inundaciones. Hay que mirar más allá del corto plazo, porque inundaciones va a seguir habiendo, las habrá siempre, y las zonas inundables, por definición, se inundan y se inundarán siempre.

Conclusión final

La “limpieza” es una actuación destructiva del cauce que no sirve para reducir los riesgos de inundación y que puede originar graves consecuencias tanto en el medio natural como en los usos humanos del espacio fluvial. Es necesaria una labor continua de concienciación y educación para conseguir que las sociedades ribereñas renuncien a este tipo de acciones y promuevan mecanismos alternativos de gestión y convivencia con el riesgo.


jueves, 15 de noviembre de 2012

EL CASO DEL RÍO ARAGÓN Y CASTIELLO DE JACA: IRRESPONSABILIDAD Y DINERO PÚBLICO TIRADO

Los organismos competentes, Confederación Hidrográfica del Ebro y Gobierno de Aragón, han dado hoy un paso más en su irresponsable huida hacia adelante en relación con la problemática de la urbanización El Molino de Castiello ante las crecidas del río Aragón.

La CHE ha confirmado la obra que va a realizar para "proteger" personas y edificaciones... ¿El qué va a proteger? ¿Es que se va a permitir reconstruir y rehabitar la urbanización? En fin, 1,5 millones de euros tirados, más el incumplimiento de la directiva de inundaciones, lo cual podría, y debería, acarrear una buena sanción desde Europa.

¿Y cómo lo va a realizar? Pues saltándose a la torera todo el procedimiento de evaluación de impacto ambiental, para lo cual el Gobierno de Aragón (INAGA) va a hacer que las actuaciones en el río "sean compatibles", lo cual significa que realmente las declaraciones de impacto ambiental salen como da la gana que salgan y no en función de los impactos o de los valores ambientales en juego.

Una vez más los poderes político-económicos se van a salir con la suya, van a causar un desastre en el río Aragón, van a tirar dinero público, van a incrementar el riesgo de cara a la próxima crecida que tenga el río, que volverá a dejar cada cosa en su sitio.

Una cosa sí hay que agradecer a la CHE y al INAGA: que nos pongan en bandeja otro ejemplo de lo que no hay que hacer, ideal para la docencia sobre una gestión irresponsable, porque estos graves errores van a resultar un magnífico caso de estudio, como ocurriera con la catástrofe de Biescas, para el aprendizaje de estudiantes de todo el mundo.



Estas fotos las he realizado hoy, 15 de noviembre de 2012

martes, 13 de noviembre de 2012


Los efectos acumulados de varias presas y embalses pueden llevar con el tiempo a una situación extrema de incisión y estrechamiento del cauce y de matorralización de la ribera. Esquema realizado por Ecoter.
Muchos de nuestros cursos fluviales se encuentran muy deteriorados por acción humana. Todos los elementos del sistema fluvial sufren los efectos de las presiones, pero los elementos hidromorfológicos no solo sufren con elevada intensidad dichos efectos, sino que además están sometidos a una generalizada ausencia de conocimiento, sensibilidad y valoración por parte de la sociedad y de los propios gestores del territorio, lo cual los convierte en más vulnerables. Es un hecho que el agua y los sedimentos, como elementos simples, no gozan de la misma valoración que los seres vivos, por lo que muchas veces no preocupa en absoluto actuar de forma indiscriminada en su perjuicio. Esto constituye un gravísimo error, no ya solo por el valor intrínseco indudable que agua y sedimentos tienen, sino además porque agua y sedimentos son las variables clave en el funcionamiento fluvial, y de ellas, de su buen estado, dependen todas las demás, y especialmente los seres vivos. Lamentablemente, ni siquiera un documento avanzado como la Directiva Marco Europea del Agua otorga a los elementos hidromorfológicos el valor clave que tienen.
Las alteraciones hidrogeomorfológicas de los ríos tienen su origen en un desarrollo socioeconómico asentado en actividades que consumen agua, sedimentos (“áridos”) y territorio (espacio fluvial), y en una sociedad que prefiere vivir junto a los ríos en situaciones de riesgo exigiendo seguridad frente a inundaciones y estabilidad frente a la dinámica fluvial, una sociedad además inmersa en modas y modelos urbanos que la alejan de los valores de naturalidad (es muy significativo, por ejemplo, el desprecio social por las gravas a la vista y los cauces secos). Esto implica una demanda continua y creciente de actuaciones sobre los cauces, generalmente “duras” por creerlas más eficientes y rápidas, ejecutadas con una despreocupación absoluta hacia las funciones y funcionamientos geomorfológicos. Y las administraciones competentes se muestran habitualmente favorables a estas demandas. El resultado es el deterioro creciente, en muchos tramos irreversible, de estos sistemas naturales.
Los impactos hidromorfológicos de nuestros ríos modifican los caudales hídricos y sólidos y alteran tanto los procesos como las formas, manifestándose en ocasiones diferidos en el tiempo. Las principales alteraciones pueden clasificarse en cinco grandes grupos:
a) Impactos causados por desnaturalización hidrológica. Los embalses producen graves alteraciones al reducir caudales por derivaciones y por incremento de la evaporación desde su vaso, al modificar el régimen hidrológico aguas abajo regularizándolo y al reducir el número de crecidas ordinarias. Al modificarse el caudal cambia la potencia y competencia de la corriente y con ello se modifican los procesos de erosión, transporte y sedimentación, adaptándose a la nueva situación la morfología y las dimensiones del cauce. Los casos más extremos corresponden a los cortocircuitos hidroeléctricos en los que quedan prácticamente en seco tramos fluviales que pierden totalmente su dinámica geomorfológica, convirtiéndose en cauces fosilizados, incapaces de movilizar los sedimentos.
b)  Impactos generados por reducción de flujos sedimentarios, retenidos por presas, vados, vías de comunicación, etc. El déficit sedimentario origina fundamentalmente incisión, y también cambios en la forma general del cauce, siendo responsable de tendencias como la desaparición de los cauces trenzados y su sustitución por cauces únicos. En ríos sinuosos y meandriformes el déficit de sedimentos provoca también incisión, pero acompañada de incremento de la sinuosidad, que se explica principalmente por la colonización y maduración vegetal de los lóbulos de meandro. Así, las barras de sedimentos no son ya movilizadas, mientras la vegetación que las coloniza conduce el flujo contra las márgenes cóncavas incrementando su erosión.
c) Impactos debidos a la reducción funcional de la llanura de inundación, cuya función laminadora y de disipación de energía es alterada por infraestructuras y usos del suelo que modifican su morfología y su funcionalidad. Los diques o motas evitan parcialmente los flujos desbordados, pero aumentan la velocidad de la corriente, acelerando los procesos de erosión lineal y lateral e incrementando la peligrosidad aguas abajo, en la margen opuesta o allí donde la crecida rompa la defensa. También favorecen que la crecida se transmita rápidamente a través del freático, inundándose espacios alejados del cauce menor. En la fase de descenso de caudal se acumulan los sedimentos en el propio cauce, ya que la decantación sobre la llanura de inundación ha sido imposibilitada al evitarse el desbordamiento. En consecuencia, hay modificaciones en forma, granulometría y distribución de los depósitos sedimentarios tanto en el lecho como en las márgenes. En los puntos en los que haya cedido la defensa rompiéndose se originarán fuertes socavaciones por entrada brusca de agua en la llanura de inundación, así como pequeños abanicos de sedimentos caóticos. Este tipo de procesos puede registrarse también aguas abajo allí donde la corriente alcance un sector no defendido.
d) Impactos por acciones directas (canalizaciones, defensas, dragados, extracciones) sobre la forma del cauce, fondo y márgenes. Sus efectos son muy intensos localmente, con importantes repercusiones también aguas abajo que se manifiestan en el tiempo con bastante celeridad. Los dragados y extracciones también repercuten aguas arriba por erosión remontante. La pérdida de naturalidad en un cauce es una pérdida de patrimonio natural y de geodiversidad, poniéndose en peligro la dinámica fluvial y el buen estado ecológico. Generalmente se tiende a reducir la complejidad natural del trazado, transformando el cauce en un simple canal de desagüe. Ello implica un incremento de la pendiente y de los procesos de incisión en el fondo del lecho. Los sedimentos se evacuan con facilidad por el centro del canal, pero pueden quedar colgados depósitos laterales. Pueden registrarse cambios importantes en la ubicación de la sucesión de resaltes y pozas. En general, el constreñimiento de la dinámica lateral provoca incrementos en la longitudinal y vertical, con efectos de incisión. Sin embargo, en tramos fluviales con tendencia a la acreción o colmatación, se ha observado que esta tendencia suele acentuarse al ser constreñidos por las defensas, ya que la corriente tiende a sedimentar y se ve forzada a hacerlo en menor espacio, elevándose el cauce.
e) Impactos por deterioro de la continuidad, anchura, estructura, naturalidad y conectividad del corredor ribereño. En general, la dinámica geomorfológica se acrecienta si se deteriora la vegetación ribereña. Las aguas desbordadas penetran con mayor facilidad abriendo canales de crecida y generando depósitos de material grueso y escarpes dentro del corredor. Si no hay vegetación los materiales finos se sedimentan con mayor dificultad, incrementándose la turbidez de la corriente. Se aceleran los procesos de erosión en las orillas. El deterioro vegetal puede favorecer que troncos y ramas se incorporen a la corriente e intervengan en los procesos de sedimentación.
Estas alteraciones puedes ser diagnosticadas y evaluadas y puede llevarse a cabo un seguimiento de sus efectos a través de protocolos de observación geomorfológica e índices.

viernes, 9 de noviembre de 2012


NOTA DE PRENSA DEL CENTRO IBÉRICO DE RESTAURACIÓN FLUVIAL (CIREF) SOLICITANDO LA PARALIZACIÓN DE LAS OBRAS INICIADAS POR LA C.H.E. EN EL CAUCE DEL RÍO ARAGÓN EN CASTIELLO DE JACA Y DEMANDANDO SOLUCIONES DE ORDENACIÓN RESPALDADAS POR LA LEGISLACIÓN VIGENTE

 

En relación a las labores iniciadas por la Confederación Hidrográfica del Ebro el 25 de octubre de 2012 para “recuperar” el cauce principal del río Aragón en Castiello de Jaca tras la crecida, el Centro Ibérico de Restauración Fluvial manifiesta:

-Que las actuaciones planteadas e iniciadas (el cierre artificial de un cauce del río y la apertura de otro, protección de márgenes y retirada de sedimentos del cauce), al margen de su dudosa efectividad, suponen el destrozo irreparable del cauce natural del río Aragón y de sus ecosistemas asociados. Pretenden “invalidar definitivamente” un desvío natural de un río que simplemente ha demostrado cuál es su cauce. Son actuaciones radicalmente contrarias a los principios de las directivas europeas del Agua (2000) y de Gestión de los Riesgos de Inundación (2007), incumpliendo también el Real Decreto 903/2010 de Evaluación y Gestión de Riesgos de Inundación.

-Que dichas actuaciones se han acogido al protocolo de “obras de emergencia” para no pasar ningún tipo de control ni evaluación ambiental.

-Que, por mucho que se actúe con las obras iniciadas, cuando acontezca otra crecida extraordinaria el río volverá a tomar el camino más directo, que es el del cauce situado bajo la urbanización, que seguirá estando gravemente expuesta.

-Que actuar contra el río con defensas no va a solucionar, por tanto, el problema de la seguridad de las personas y bienes, por lo que habría que proceder a ordenar la zona inundable y reducir en ella la exposición humana, como exigen las citadas directivas europeas. Que la urbanización “El Molino” está ubicada dentro del río, en Dominio Público Hidráulico, y por tanto debería ser inhabilitada y expropiada, y no habría que invertir ningún dinero público en su defensa. El Real Decreto 203/2010 recomienda retirar construcciones o instalaciones que supongan grave riesgo, para lo cual su expropiación tendrá la consideración de utilidad pública. El texto refundido de la Ley del Suelo (RDL 2/2008) señala en su artículo 12 que los terrenos con riesgo de inundación deben ser preservados de su transformación urbana y declarados suelo rural.

-Que como ciudadanos no podemos admitir que el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, a través de la Confederación Hidrográfica del Ebro, en lugar de velar por la seguridad de las personas, trabajar por la calidad ambiental, gestionar con responsabilidad las zonas de riesgo y hacer cumplir los principios de la Directiva Marco del Agua y de la Directiva de Gestión de los Riesgos de Inundación, esté vulnerando muy gravemente los principios fundamentales de dichas directivas, manteniendo una situación de riesgo. Con esa vulneración, que puede ser objeto de sanción desde la Unión Europea, se engaña a la ciudadanía y se da un mal ejemplo de actuación.

Por todo ello, solicitamos la paralización de las obras y la búsqueda de soluciones de ordenación territorial que sí son seguras, cumplen la ley y pueden ser evaluadas ambientalmente.

 

En Zaragoza, a 26 de octubre de 2012.

 
El Centro Ibérico de Restauración Fluvial (CIREF) es un organismo sin ánimo de lucro vinculado al European Centre for River Restoration, dedicado al estudio y la defensa de los ecosistemas fluviales y a la adecuada conservación, gestión y restauración de nuestros ríos.

domingo, 22 de enero de 2012